Es viernes. Estás sentado frente a la persona que amas. Han sobrevivido mudanzas y almuerzos familiares. Hasta que entra alguien al bar. Lo miras. Te mira. Y durante tres segundos tu cerebro proyecta una película que definitivamente no podrían exhibir a las seis de la tarde.
Después vuelves a la conversación. Sigues enamorado. No quieres terminar la relación. Pero te quieres tirar a esa persona. Y quizá a varias otras.
¿Eso significa que el amor se terminó? ¿O que estamos confundiendo amar a alguien con dejar de sentir deseo por el resto de la humanidad?
Amar a una persona no apaga el mundo
Nos vendieron una idea bastante ambiciosa: encontrar pareja debería convertir a todos los demás seres humanos en muebles. Puedes reconocer que alguien es atractivo, pero con el entusiasmo reservado para una lámpara.
El problema es que el deseo rara vez respeta las buenas intenciones. Aparece en el supermercado, en una fiesta, en un gimnasio, en una aplicación que abriste «solo para mirar». No siempre falta algo en la relación. A veces alguien simplemente te calienta.
El amor incluye historia, confianza, ternura, complicidad, proyectos. El deseo puede activarse con una voz, una espalda, una manera de reírse. No son idénticos. Exigirles que funcionen como una sola cosa es pedirle al cuerpo que firme un contrato que nunca leyó.
El libro que puso a la monogamia contra la pared
En Sex at Dawn, publicado en 2010, Christopher Ryan y Cacilda Jethá discuten una historia que solemos tratar como verdad universal: desde la prehistoria, la pareja humana habría estado organizada alrededor de la fidelidad sexual y la familia nuclear.
Los autores proponen otra hipótesis. Sostienen que nuestros antepasados pudieron vivir durante largos períodos en grupos más cooperativos, con vínculos sexuales menos exclusivos de lo que imaginamos. Miran comunidades humanas, comportamiento de primates y características de nuestra anatomía para cuestionar la idea de una monogamia inevitable.
Uno de los movimientos más interesantes del libro es separar amor y posesión. Que dos personas se elijan, sugieren, no implica necesariamente que deban monopolizar sus cuerpos para siempre.
Es una idea incómoda. Especialmente si estás leyendo al lado de tu pareja y acabas de esconder el teléfono boca abajo.
Los celos tienen pésima prensa y excelente marketing
Los celos suelen presentarse como una prueba de amor. «Si no te da celos, no te importa». La excusa perfecta para una escena horrible.
Pero sentir celos no demuestra que seamos propietarios de nadie. Puede revelar inseguridad, miedo a perder o una amenaza real a la confianza. La emoción existe. Lo que hacemos con ella es otra conversación.
Sex at Dawn muestra ejemplos culturales donde el deseo por terceros se interpreta de maneras distintas. La pregunta no es si podemos abolir los celos con una charla TED. Es si cada ataque de celos debe convertirse automáticamente en una regla, un interrogatorio o una contraseña exigida.
Estar celoso no da derecho a controlar. Y desear no autoriza a mentir.
¿La ciencia dice que nacimos para acostarnos con todos?
No. Y aquí conviene apagar el entusiasmo antes de usar la evolución como permiso para hacer cualquier cosa.
El libro de Ryan y Jethá es provocador, pero algunas de sus interpretaciones han sido cuestionadas por investigadores de la evolución humana. Una revisión antropológica de Ryan Schacht y Karen Kramer señala que los vínculos duraderos de pareja aparecen en sociedades muy distintas, aunque conviven con matrimonios polígamos, relaciones extramaritales y monogamias sucesivas.
No existe una plantilla universal. Tenemos capacidad para el apego y, al mismo tiempo, para la atracción por otras personas. La evolución no resuelve conflictos de WhatsApp.
Una revisión de 35 estudios con 24.489 participantes no encontró diferencias significativas de satisfacción sentimental o sexual entre personas en relaciones monógamas y no monógamas consensuadas.
Eso no significa que abrir la pareja garantice felicidad. Significa que ninguna estructura gana automáticamente el campeonato del amor.
La fantasía no es una infidelidad
Hay una diferencia gigantesca entre pensar, desear, coquetear y actuar. Una fantasía puede quedarse en la cabeza, junto a venganzas imaginarias contra exjefes.
Para algunas parejas, el límite es el sexo; para otras, los mensajes secretos. Hay quienes consideran una traición enamorarse, pero no una aventura física. Y hay quienes acuerdan explorar vínculos con terceros sin que eso destruya su compromiso.
La palabra importante es «acuerdan».
Una relación abierta no consiste en anunciar unilateralmente que uno descubrió un libro revolucionario y ahora tiene autorización paleolítica para acostarse con medio Santiago. Eso es incumplir un acuerdo con bibliografía de respaldo.
La monogamia también merece ser elegida, no darse por instalada.
La pregunta que realmente incomoda
Quizá no deberíamos preguntarnos si es natural desear a otros, sino qué hacemos cuando ocurre.
¿Podemos reconocer una atracción sin transformar a nuestra pareja en un obstáculo? ¿Podemos hablar de límites sin fabricar una escena judicial? ¿Podemos valorar la exclusividad aunque otros no la necesiten? ¿Podemos decir que no queremos una relación abierta sin quedar como dinosaurios?
También hay una verdad poco cinematográfica: no todo deseo merece convertirse en plan. Uno puede querer tirarse a medio mundo y decidir no hacerlo. No por represión, sino por prioridades, acuerdos y porque cualquier decisión tiene consecuencias para otras personas.
Por otro lado, quien prefiere una relación consensualmente no monógama no está necesariamente escapando del compromiso. Puede estar intentando construirlo con reglas diferentes. Requiere acuerdos sobre consentimiento, tiempo, salud sexual y privacidad.
Nada de eso es tan sexy como una mirada en un bar. Pero probablemente evita más desastres.
Amar sin fingir que nos quedamos ciegos
Volvamos a ese viernes. La persona atractiva salió. Tu pareja cuenta una historia. Recuerdas por qué estás ahí y le tomas la mano.
No ha ocurrido ninguna catástrofe. Descubriste que enamorarse no elimina la imaginación ni la curiosidad.
La exclusividad sexual puede ser una elección valiosa. También puede no serlo. La pregunta no es qué modelo nos vuelve más modernos, sino cuál podemos sostener sin traicionarnos ni traicionar a otros.
Amar a alguien y querer tirarse a medio mundo puede ser perfectamente posible. Lo difícil, lo verdaderamente adulto, es decidir qué lugar tendrá ese deseo en la vida que construimos con alguien más.
Porque una cosa es querer. Y otra, bastante distinta, es prometer.
5 enlaces externos para profundizar
- En el principio era el sexo, de Christopher Ryan y Cacilda Jethá. Edición española de Sex at Dawn, el libro que inspira este artículo.
- Are We Monogamous? (Frontiers in Ecology and Evolution). Revisión antropológica sobre la evolución de los vínculos de pareja y la diversidad de sistemas sexuales humanos.
- The Human That Never Evolved (PubMed Central). Una revisión académica crítica de las hipótesis y argumentos de Sex at Dawn.
- Countering the Monogamy-Superiority Myth (PubMed). Metaanálisis de 35 estudios sobre satisfacción en relaciones monógamas y no monógamas.
- Consensual Non-Monogamy: Relationships, Satisfaction and Jealousy (PubMed Central). Investigación sobre comunicación, celos y satisfacción en diferentes formas de relación.
