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Nos queremos, pero ya no nos buscamos: qué pasa con el deseo en la pareja

Se coordinan perfecto, pero ya no se buscan. Cómo recuperar autonomía y curiosidad dentro de una pareja que se quiere.

Podemos querernos mucho y haber dejado de buscarnos. El deseo en la pareja puede apagarse mientras la convivencia funciona con una eficiencia admirable. Hay cariño, confianza y alguien que recuerda comprar detergente. Pero hace rato que nadie mira al otro con ganas de interrumpir lo que está haciendo.

Imaginemos una pareja frente a la lista del supermercado. Uno revisa qué falta; el otro compara precios. Coordinan impecablemente las compras, los pagos y la visita del domingo. Son un equipo extraordinario. Cuando terminan, cada cual toma su teléfono. El comité de administración levanta la sesión. Los amantes siguen sin aparecer.

En Mating in Captivity, Esther Perel explora esa convivencia entre amor y ausencia de deseo. Su planteamiento permite mirar algo incómodo: las formas de construir seguridad también pueden reducir el espacio donde aparecen la sorpresa, la imaginación y el impulso de acercarnos.

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El deseo en la pareja necesita dos personas

Para Perel, el amor y el deseo tienen necesidades que a veces tiran en direcciones distintas. Queremos conocer a quien amamos, sentir confianza y compartir la vida. El deseo también se alimenta de lo que todavía podemos descubrir: una faceta inesperada, una iniciativa propia, alguien que conserva un mundo al que queremos acercarnos.

La dificultad aparece cuando confundimos intimidad con fusión. Empezamos a hacerlo todo juntos, a consultar cada decisión y a esperar que la pareja satisfaga casi todas nuestras necesidades. El vínculo ocupa tanto espacio que los intereses personales quedan arrinconados. Terminamos sintiendo que ya sabemos todo del otro.

Esa certeza puede cerrar la curiosidad. Si miro a mi pareja únicamente como quien paga las cuentas o deja los zapatos atravesados, su presencia queda reducida a una función doméstica. Conozco sus pendientes, pero dejo de preguntarme qué la entusiasma. Para desear acercarme necesito percibir que todavía hay alguien por descubrir.

La seguridad cumple una tarea valiosa: permite descansar en el vínculo. La dificultad aparece cuando ese descanso se convierte en dar al otro por completamente conocido. Podemos agradecer su presencia y seguir mirándolo con atención. La confianza también puede sostener la exploración.

Recuperar una vida propia cambia la mirada

La autonomía que propone Perel incluye intereses, amistades y espacios personales. Una relación puede contener cercanía y, al mismo tiempo, respetar que cada integrante tenga experiencias que no dependen del otro. Esa vida propia ofrece algo que contar, imaginar y volver a conocer.

Pensemos otra vez en nuestra pareja del supermercado. Uno retoma un taller de fotografía; el otro vuelve a juntarse con sus amigos. Al reencontrarse aparecen historias diferentes. Hay un pequeño intervalo entre lo que cada uno vivió y lo que el otro sabe. Ahí puede entrar la curiosidad.

También cambia la mirada cuando vemos a nuestra pareja desenvolverse fuera de sus funciones habituales. Perel describe la atracción que puede despertar verla en su elemento: explicando algo que domina, tocando música o haciendo reír a otras personas. Por un momento aparece alguien capaz y autónomo, más amplio que el personaje doméstico que teníamos archivado.

Propongo partir por una pregunta concreta: ¿qué actividad te gustaría recuperar porque te hace sentir más tú? Escuchemos la respuesta sin convertirla inmediatamente en un panorama compartido. Después busquemos cómo darle espacio a ambos. La autonomía necesita tiempo disponible y acuerdos que la hagan posible.

Por ejemplo, acuerden un rato para cada uno esta semana y una hora para reencontrarse después, sin pantallas. Lleguen con algo que contar y una pregunta cuya respuesta todavía no conozcan, aunque lleven muchos años juntos.

Cambiar las preguntas abre otras conversaciones

En una convivencia administrada hasta el último detalle, conversar puede convertirse en revisar pendientes. ¿Pagaste? ¿Compraste? ¿A qué hora llegas? Son preguntas necesarias, pero difícilmente alcanzan para conocer a la persona que tenemos al frente.

Probemos una distinta: «¿Qué te está entusiasmando últimamente?». O «¿Qué parte de ti sientes que ha quedado fuera de nuestra vida juntos?». Importa escuchar una respuesta que podría sorprendernos. Si respondemos «pero tú siempre has sido así», acabamos de cerrar la puerta que intentábamos abrir.

La curiosidad incluye aceptar que la pareja puede cambiar. Tal vez quiere bailar, viajar de otra manera o expresar un deseo que nunca había mencionado. Recibir esa información sin burlas ni interrogatorios permite que aparezcan aspectos que la rutina había dejado fuera. La familiaridad deja entonces espacio para una nueva mirada.

La intención también puede despertar ganas

Aquí aparece una objeción comprensible: «Si tenemos que organizarlo, pierde la gracia». En el libro, Perel cuestiona la idea de que el deseo verdadero siempre surge espontáneamente. Al comienzo también preparábamos los encuentros: elegíamos ropa, imaginábamos conversaciones y reservábamos tiempo. La anticipación ya participaba del entusiasmo.

Podemos volver a crear esas condiciones. Reservar una noche, elegir un lugar distinto o mandar un mensaje que tenga algo de coqueteo permite empezar el encuentro antes de estar juntos. Como explica Perel al abordar la anticipación erótica, prepararse y dejar espacio para lo inesperado pueden convivir.

La diferencia está en cómo vivimos ese momento. Si la cita termina convertida en una evaluación de cuántas veces tuvimos sexo, el comité de administración acaba de abrir una sucursal en el dormitorio. Podemos acordar un espacio para disfrutar, acercarnos y explorar, con libertad para decidir qué queremos compartir. El juego necesita esa libertad.

Tampoco hace falta resolver toda la relación durante esa salida. Podemos caminar, bailar o besarnos sin abrir cada asunto pendiente. Para Perel, el cuerpo también permite conectar: una mirada sostenida o una caricia pueden expresar algo que la conversación logística dejó sin lugar. Recuperar esos gestos amplía las posibilidades del encuentro.

Hoy podemos empezar con dos decisiones pequeñas: recuperar un espacio personal y reservar un encuentro donde la conversación salga de los pendientes. Preguntémonos qué nos gustaría descubrir del otro. Seguiremos necesitando detergente, acuerdos y organización. Pero esa vida compartida también puede alojar a dos personas que conservan razones para volver a buscarse.

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