Tu martes incluye levantarte cansado, trabajar, pagar una cuenta, discutir por una tontera y recalentar arroz. El de otra persona aparece resumido en quince fotos: desayuno precioso, entrenamiento, pareja sonriente, atardecer. Compararse en redes sociales puede enfrentar esas dos versiones como si fueran equivalentes. Después nos preguntamos por qué salimos perdiendo.
En Everybody Lies, Seth Stephens-Davidowitz explica cómo las huellas digitales permiten observar la distancia entre lo que mostramos públicamente y lo que buscamos en privado. Sus ejemplos ayudan a entender por qué podemos sentirnos atrasados frente a personas cuya vida completa desconocemos.
El público cambia lo que mostramos
Cuando publicamos algo, elegimos qué impresión dejar. Podemos destacar un logro, una salida o un gesto cariñoso. Hay una audiencia mirando: amigos, familiares, colegas y conocidos. Esa presencia influye en lo que decidimos contar.
El libro relaciona esta tendencia con el deseo de causar una buena impresión. Incluso al responder encuestas anónimas podemos acomodar las respuestas para vernos mejor. En una publicación asociada a nuestro nombre, además, elegimos qué faceta ofrecer. El resultado acumula señales favorables y deja muchas experiencias corrientes sin representación.
Una búsqueda en Google responde a otro propósito. Queremos información, resolver una duda o encontrar palabras para algo que nos preocupa. Podemos escribir preguntas que jamás pondríamos junto a una foto familiar.
El libro trabaja con búsquedas anónimas y agregadas para estudiar esos patrones. Esa diferencia entre escenarios es fundamental: presentar una vida ante otros y buscar ayuda para vivirla producen rastros distintos.
Por eso, una publicación alegre puede convivir con dudas, inseguridades o problemas que permanecen fuera de pantalla. El momento publicado puede haber ocurrido exactamente así. Lo que desconocemos es cuánto representa del resto de la semana.
El marido maravilloso y las preguntas privadas
Uno de los contrastes del libro compara las palabras con que se describe a los maridos en publicaciones sociales y en búsquedas. En las primeras aparecen expresiones como «el mejor», «mi mejor amigo» e «increíble». En las búsquedas también aparecen descripciones como «idiota», «molesto» o «cruel».
El autor explica esta comparación en una conversación para Big Think. El contraste permite ver cómo cambia el retrato según dónde miramos: ante una audiencia circulan homenajes; en el buscador también aparecen conflictos que alguien intenta comprender.
Si solo recibimos los homenajes, podemos imaginar que las demás parejas viven en una celebración permanente. Nosotros, mientras tanto, conocemos nuestras discusiones, silencios incómodos y conversaciones pendientes. Terminamos enfrentando nuestra relación entera con las declaraciones más cariñosas de otras relaciones.
La diferencia está en la información disponible. De nuestra casa conocemos hasta la pelea por la esponja mojada; de la otra vemos el aniversario con iluminación de restaurante.
Lo que compartimos tampoco equivale a lo que consumimos
Stephens-Davidowitz ofrece otro ejemplo: las revistas The Atlantic y National Enquirer. La primera se asocia con contenidos intelectuales; la segunda, con historias de celebridades y noticias sensacionalistas. En la comparación del libro, su circulación por edición y sus búsquedas eran similares, pero The Atlantic tenía una presencia muchísimo mayor en Facebook.
El autor vuelve sobre este fenómeno en una columna publicada en 2017: los consumos efectivos y los gustos que hacemos públicos pueden dibujar panoramas diferentes.
Compartir una lectura también comunica quién queremos parecer. Si usamos únicamente esas publicaciones para imaginar qué leen los demás, podemos creer que todos pasan sus tardes entre ensayos brillantes mientras nosotros miramos cualquier tontera.
Así se fabrica una impresión engañosa: ciertas actividades se muestran con entusiasmo y otras quedan guardadas. Al observar solamente lo compartido, sobreestimamos cuánto espacio ocupan las primeras en la vida cotidiana.
Compararse en redes sociales mezcla vidas distintas
Llevemos esa lógica a nuestras pantallas. Una persona publica un viaje; otra, un ascenso; otra, una comida con amigos; otra, una foto entrenando. Al recorrerlas seguidas podemos construir una vida imaginaria que reúne todos esos momentos.
Esa persona compuesta viaja, progresa, socializa y entrena mientras nosotros seguimos peleando con el arroz. Pero cada imagen corresponde a una vida distinta, de la cual tampoco vimos las horas restantes.
Además, el conjunto no incluye necesariamente a quienes pasaron una tarde corriente y no publicaron nada. Su silencio desaparece del retrato que estamos armando. Por eso podemos terminar imaginando que una experiencia excepcional es la rutina general, disponible para todos menos para nosotros.
Aquí aparece una objeción razonable: «Ya sé que la gente escoge lo que publica». Saberlo sirve, aunque todavía podemos sacar conclusiones demasiado grandes de una imagen pequeña. Vemos una cena y deducimos estabilidad amorosa; vemos vacaciones y suponemos tranquilidad económica; vemos un logro y damos por hecho satisfacción permanente.
Conviene separar lo observado de lo agregado por nosotros. Una foto permite saber que hubo una foto en ese lugar. Para evaluar una vida haría falta conocer mucho más.
Una comparación más honesta empieza por lo que falta
La propuesta del libro permite dejar de tratar nuestras dificultades privadas como pruebas de una rareza personal. Las búsquedas muestran que otras personas también tienen preguntas incómodas, preocupaciones y problemas que rara vez anuncian públicamente.
Podemos aplicar esa idea cuando una publicación nos haga sentir inferiores. Primero describamos lo que efectivamente vimos: «Publicó un viaje». Después identifiquemos nuestra conclusión: «Su vida entera funciona mejor que la mía». Entre ambas frases hay información que todavía falta.
También sirve recordar nuestra propia selección. Pensemos en una foto que hayamos elegido compartir y en todo lo ocurrido ese día que quedó fuera. Esa distancia permite reconocer el recorte en imágenes ajenas sin necesitar acceso a la intimidad de nadie.
Hoy, cuando aparezca esa comparación, hazte una pregunta concreta: «¿Estoy evaluando mi día completo contra un momento escogido?». Vuelve a nombrar el hecho visible y deja pendientes las conclusiones que esa imagen no alcanza a sostener. Tu martes contiene cansancio, trámites, afectos y ratos corrientes. Las quince fotos ajenas muestran quince momentos. Podemos disfrutarlos sin convertirlos automáticamente en una calificación de nuestra vida.
Cinco enlaces externos:
- Everybody Lies en el sitio de Seth Stephens-Davidowitz
- Ficha editorial de Everybody Lies en Bloomsbury
- El autor explica la diferencia entre la imagen pública y las búsquedas privadas
- Columna de Seth Stephens-Davidowitz sobre las comparaciones en redes sociales
- Cómo se obtienen y agrupan los datos de Google Trends
