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El hombre que se ama demasiado (y por qué deberíamos agradecerle)

Hay hombres que pasan años esculpiendo su cuerpo y luego se sacan la polera. Algunos lo llaman vanidad. Yo prefiero darles las gracias.

Hay hombres que se levantan a las cinco de la mañana para ir al gimnasio. Pesan la comida, cuentan las proteínas, entrenan músculos que el resto de la población ni siquiera sabe que existen y se observan en el espejo con la concentración de un restaurador frente a una pintura renacentista.

Después de varios años de semejante disciplina, algunos deciden sacarse la polera.

Personalmente, me parece una conclusión bastante razonable.

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No sé en qué momento comenzamos a mirar con tanta sospecha la vanidad masculina. Un hombre puede pasar una década construyendo unos pectorales espectaculares, pero cuando finalmente decide mostrarlos, aparece alguien dispuesto a explicarnos qué significa todo esto para la sociedad.

Quizás significa que tiene unos pectorales espectaculares.

Lo que me interesa de esta nueva relación entre los hombres y su propia belleza no es solamente que ahora tengamos acceso a una cantidad extraordinaria de fotografías de sujetos estupendos mostrando los gluteos en Instagram. Es que muchos de esos hombres parecen estar tan fascinados con sus cuerpos como quienes los contemplamos.

Y esa fascinación compartida me parece uno de los fenómenos más entretenidos de la cultura contemporánea.

El hombre ya no necesita esperar que alguien descubra su atractivo. Puede descubrirlo él mismo, celebrarlo, fotografiarlo, editarlo y distribuirlo entre miles de personas antes de tomar desayuno.

El descubrimiento del hombre hermoso

La belleza masculina ha dejado de ser algo que hay que llevar de manera discreta. De hecho es una actividad que puede ocupar buena parte del día.

Durante mucho tiempo, el ideal masculino exigía que los hombres fueran atractivos sin que se notara demasiado el esfuerzo.

Un hombre podía tener una mandíbula extraordinaria, pero debía comportarse como si jamás hubiera reparado en ella. Podía ser musculoso, pero idealmente esos músculos tenían que haber aparecido como consecuencia de alguna actividad útil, preferentemente levantar troncos, construir una casa o rescatar personas de un incendio.

Desarrollar los mismos músculos con el único propósito de verse espectacular parecía bastante menos respetable.

La belleza debía ser accidental.

Por suerte, algunos hombres comenzaron a encontrar absurda esa obligación.

¿Por qué había que fingir indiferencia frente al propio atractivo? ¿Por qué una mujer podía disfrutar de arreglarse durante horas y un hombre tenía que explicar que compraba productos para la piel por razones dermatológicas?

Y, sobre todo, ¿por qué un hombre que se encontraba hermoso tenía que mantener semejante descubrimiento en secreto?

Apareció entonces una generación de sujetos que decidió tomarse su apariencia con una seriedad verdaderamente conmovedora.

Hombres que aprendieron sobre alimentación y entrenamiento físico. Hombres que comenzaron a observarse en todas las superficies reflectantes que se le crucen.

El cambio más interesante no fue que empezaran a preocuparse por su belleza.

Fue que dejaron de avergonzarse de disfrutarla.

El hombre ya no solamente quería ser deseado por alguien. También quería experimentar el placer de encontrarse deseable.

Y en ciertos casos, francamente, se comprende.

El gimnasio como taller de escultura

Hay algo profundamente cómico en la cultura del gimnasio cuando se contempla desde cierta distancia.

Un hombre entra en un edificio lleno de máquinas diseñadas para ofrecer resistencia a sus movimientos. Durante una hora intenta vencer esa resistencia, se agota, transpira y regresa a su casa. Al día siguiente vuelve voluntariamente al mismo edificio para repetir el procedimiento.

Después de varios meses descubre que sus hombros han aumentado de tamaño.

Está feliz.

Naturalmente, regresa al edificio.

La musculatura masculina tiene algo de proyecto arquitectónico. Hay una planificación, un presupuesto, materiales, plazos y dificultades técnicas. Los resultados dependen de la constancia, la genética, el descanso y una relación con la alimentación que puede llegar a ser extraordinariamente específica.

Algunos hombres organizan sus vidas alrededor de esta construcción con una disciplina que otras personas reservan para criar hijos o dirigir empresas.

No solamente quieren tener un cuerpo atractivo. Quieren intervenir en cada uno de sus detalles.

Los hombros pueden crecer un poco más. Los brazos necesitan definición. El pecho todavía admite modificaciones. Las piernas requieren una estrategia completamente distinta.

Y cuando finalmente aparecen los resultados, el protagonista se ubica frente al espejo y contempla su obra.

El escultor y la escultura son la misma persona.

Lo que encuentro particularmente encantador es que este trabajo suele culminar en una fotografía acompañada de alguna reflexión sobre la importancia de la disciplina.

A veces el mensaje dice que el verdadero enemigo está dentro de nosotros.

A veces explica que nadie puede detener a un hombre decidido.

A veces cita a Marco Aurelio.

Pobre Marco Aurelio. Después de gobernar el Imperio romano, terminó convertido en asesor espiritual de hombres que quieren desarrollar una mejor raja.

Pero la fotografía suele ser estupenda, para mi gusto.

El narcisismo también puede ser generoso

Narciso, el personaje de la mitología griega, terminó fascinado con su propio reflejo.

El problema de Narciso no era necesariamente que se encontrara hermoso. Su problema fue que no tenía Instagram.

Imaginemos por un momento que aquel muchacho hubiese contado con un teléfono. Habría podido compartir su belleza, recibir algunos comentarios alentadores y continuar con sus actividades.

La mitología griega habría perdido una tragedia, pero nosotros habríamos ganado una cuenta bastante interesante.

Existe una dimensión generosa en la vanidad masculina que pocas veces reconocemos.

Por supuesto, el hombre hermoso puede publicar fotografías porque necesita admiración. Puede estar buscando aprobación, deseo, reconocimiento o simplemente confirmar que su entrenamiento está funcionando.

Pero el resultado es que comparte algo que otras personas disfrutan contemplando.

El exhibicionismo y el voyeurismo han mantenido una relación de colaboración bastante fructífera a lo largo de la historia.

Las redes sociales solamente facilitaron el intercambio.

Hay algo delicioso en esa complicidad silenciosa entre quien se muestra y quien observa.

El hombre se fotografía después de entrenar. Sabe perfectamente que está atractivo. Elige una iluminación favorable, encuentra el ángulo adecuado y publica la imagen.

Nosotros sabemos que él sabe.

Él probablemente sabe que nosotros sabemos.

Y nadie necesita fingir que estamos interesados exclusivamente en la decoración del baño.

Esta nueva exhibición masculina también tiene una característica especialmente divertida: no necesita una orientación sexual definida.

Un hombre heterosexual puede disfrutar de que otros hombres admiren su físico. Un hombre gay puede encontrar atractivo a un sujeto heterosexual sin que esa atracción implique ninguna negociación posterior. Dos hombres pueden felicitarse por sus cuerpos con una intensidad que, observada desde el exterior, resulta prácticamente romántica.

El gimnasio es uno de los pocos lugares donde un hombre puede decirle a otro que tiene un pecho espectacular y recibir como respuesta una explicación detallada sobre ejercicios de fuerza.

Es una conversación preciosa.

La masculinidad clásica ha ido encontrando nuevas maneras de expresar admiración física sin necesidad de convertir cada interacción en una crisis de identidad.

Y eso permite situaciones francamente entretenidas.

Un hombre puede querer acostarse con otro. Puede querer parecerse a él. Puede admirar sus proporciones, sus brazos o su manera de caminar. Puede sentir una combinación bastante confusa de todas esas cosas.

No es necesario resolver el misterio.

Algunas experiencias humanas son más agradables cuando uno no intenta clasificarlas.

La belleza masculina como espectáculo

Hubo un tiempo en que los hombres hermosos eran principalmente observados a través de las películas, la publicidad y las revistas.

Las estrellas de cine tenían fotógrafos, maquilladores, iluminación profesional y toda una industria dedicada a fabricar su atractivo.

Ahora basta con encontrar un gimnasio bien iluminado.

La democratización del espectáculo masculino tiene consecuencias fascinantes.

Un hombre completamente desconocido puede convertirse en objeto de admiración para miles de personas simplemente porque tiene un cuerpo extraordinario y cierta habilidad para fotografiarlo.

No necesita cantar, actuar ni poseer ninguna otra destreza pública.

Su talento puede consistir, literalmente, en verse estupendo.

Y en saber mostrarlo.

El espectáculo tiene sus códigos y sus pequeñas ceremonias.

La fotografía después de entrenar.

Me encanta especialmente esta categoría.

En Chile, donde todavía sobrevive cierta incomodidad frente a las personas que se encuentran demasiado estupendas, este despliegue de vanidad puede parecer especialmente divertido.

Nos gusta admirar, pero también nos gusta sospechar del que sabe que merece admiración.

El hombre que se encuentra lindo corre el riesgo de ser acusado de creído.

Lo curioso es que, en ocasiones, tiene excelentes razones para creerse lindo.

Hay que reconocer los hechos.

El extraordinario placer de gustarse

Lo que más me interesa de todo este fenómeno es la libertad que representa para los hombres disfrutar de su apariencia sin tener que inventar una explicación heroica.

No todo cuidado personal necesita convertirse en una historia de superación.

Un hombre puede entrenar porque quiere sentirse fuerte. Puede hacerlo por salud, por disciplina o para practicar algún deporte.

Pero también puede entrenar porque quiere verse extraordinariamente atractivo cuando se saque la camisa.

Me parece un motivo perfectamente comprensible.

Durante mucho tiempo, la masculinidad tradicional trató estas preocupaciones con una desconfianza bastante absurda. Un hombre podía dedicar horas a limpiar su automóvil, pero dedicar el mismo tiempo a su piel resultaba sospechoso.

Como si fuera más masculino encerar un capó que aplicarse una crema hidratante.

Por suerte, cada vez resulta menos necesario justificar esas preferencias.

Los hombres pueden querer ser hermosos.

Pueden dedicar tiempo y dinero a conseguirlo.

Pueden disfrutar de sus propios resultados.

Y pueden experimentar una satisfacción enorme cuando otras personas los encuentran atractivos.

No necesitamos interpretar semejante comportamiento como una amenaza para la civilización.

La civilización ha sobrevivido a situaciones bastante más complicadas que un hombre haciendo cross fit

En realidad, la fascinación masculina por el propio cuerpo puede resultar incluso entrañable.

Hay hombres que se observan con una alegría casi infantil cuando descubren que finalmente apareció un músculo que llevaban meses intentando desarrollar.

Son felices.

Quieren mostrarlo.

A veces llaman a un amigo para que confirme el acontecimiento.

Es difícil encontrar algo verdaderamente siniestro en esa escena.

Y si además el resultado es un hombre espectacularmente atractivo, podemos celebrar que su alegría personal produzca beneficios visuales para terceros.

Me parece que deberíamos fomentar el reconocimiento público de semejantes esfuerzos.

Después de todo, hay personas que dedican buena parte de sus vidas a construir cosas hermosas para que los demás podamos contemplarlas.

Algunos construyen edificios.

Otros pintan cuadros.

Y otros construyen sus propios cuerpos.

La principal ventaja de estos últimos es que, de vez en cuando, se sacan la camisa.

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