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En defensa mis musculosos con zunga de la IA

¿Qué hace un musculoso con zunga junto a un ejercicio de planificación? Una defensa del placer, la fantasía y la estética camp.

Mis materiales de desarrollo profesional vienen acompañados de musculosos con zunga creados con inteligencia artificial. Ese acompañamiento es gratuito.

A mi público, que es el mejor público del mundo, le cargan. Una vez hice una votación y salí perdiendo: «No queremos más musculosos con zunga en nuestros materiales didácticos». Y traté de renunciar. Pero acá vengo a defenderlos. De vuelta.

Como la pécora del pueblo, vengo a argumentar mi caso.

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Soy José Miguel Villouta y vengo a defender a mis musculosos.

Defiendo esas imágenes porque el placer también merece un lugar en las cosas que hacemos para mejorar nuestra vida.

Y a mí, la verdad, ver a esos mijitos ricos me da placer. Es nuestra versión de la tetona de calendario de vulcanización. Un poco de picardía para que la jornada laboral no sea tan pesada.

Podemos pensar seriamente en nuestros proyectos, aprender una herramienta o revisar nuestros hábitos mientras disfrutamos de una fantasía visual.

No tenemos que elegir una cosa o la otra. Se pueden hacer las dos al mismo tiempo: mirar mijitos ricos y aprender a ser mejor persona.

Nuestra capacidad de entender una idea sobrevive perfectamente a la presencia de un pectoral.

Además, el hecho de que sean de inteligencia artificial les da su cuota de artificio genuino. Hace tiempo que no teníamos una revolución de verdad en términos de estilización y exageración. Y esos musculosos con zunga representan también una masculinidad totalmente exagerada que, la verdad, me deja con la cabeza en cualquier parte.

Son camp genuino, el que es muy difícil de encontrar. Ese que aparece cuando alguien intenta hacer algo extraordinario con absoluta seriedad y el resultado se desborda. Que es lo que a mí a veces me pasa. Ustedes saben, porque son las víctimas de todo esto.

Pero se los juro que me da lo mismo, porque yo estoy pendiente de vivir una vida que tenga fantasía, pasión y extravagancia. No me interesa hacer nada si no están presentes esas tres cosas, que son gratis y no requieren mucho esfuerzo.

Y el musculoso con zunga se transforma un poco en una manera de tantear las aguas.

Además, es deliciosa la manera en que esas imágenes no solo celebran una masculinidad ideal, sino que le suben más el volumen. En rigor, la transforman en un espectáculo hasta desbordarla.

El cuerpo parece haber recibido el encargo de representar, simultáneamente, la fuerza, la belleza y el deseo.

Y tiene que resolver semejante responsabilidad vestido con un pedacito de tela.

Ahora, una cosa: esto no es «ironía milenial». Acá somos pro mijitos ricos de verdad. Existe un entusiasmo verdadero por ese personaje. Si lo produjera únicamente para burlarme de quienes encuentran atractivo un cuerpo musculoso, la propuesta se acercaría a la parodia, y esto no es eso.

La idea es disfrutar de aquello que también nos hace sonreír. Nos gusta el musculoso. Nos gusta su exceso. Podemos reconocer lo absurdo de su presencia junto a un ejercicio de planificación y seguir encontrándolo precioso.

Qué rico disfrutar aquello que decido contemplar.

Y parte de mi defensa es que esa belleza exuberante merece compartirse también por el placer que ofrece. Entonces yo comparto.

Es mi musculoso el que aporta una bienvenida fantasía desmedida a una tarea modesta y necesaria. Nosotros podemos recibir ambas cosas con cariño: tomarnos en serio lo que estamos aprendiendo y disfrutar al señor que parece haber venido a inaugurar el Olimpo en zunga.

Es freak tener un cuerpo desmesurado descansando al lado de una actividad tan cotidiana como ordenar las prioridades de la semana. Es desproporcionado, y la desproporción tiene gracia. Hay algo delicioso en poner a un guapo con apariencia de monumento a acompañarnos mientras decidimos cuál de nuestros pendientes merece atención el lunes.

Esa convivencia expresa, honestamente, una posición sobre el desarrollo profesional.

Yo quiero que mi aporte sea uno en el que haya espacio para aprender a ser un mejor trabajador sin tener que adoptar una personalidad prestada, como si antes de entender una herramienta hubiera que ponerse una chaqueta azul y mirar hacia un horizonte de oportunidades.

Podemos traer nuestros gustos, nuestro humor y nuestras rarezas.

También forman parte de la persona que está aprendiendo. También forman parte del punto de vista de la persona que está remando.

Por supuesto, hay una objeción evidente: ¿qué tiene que ver una zunga con el trabajo?

No sé. Lo que sí sé es que una imagen puede acompañar, dar carácter, producir una sonrisa o establecer una complicidad.

Por eso quiero que se entreguen al musculoso y no se resistan.

Parte de esa resistencia aparece cuando el placer resulta demasiado visible, que es justamente lo que me gusta de todo el gesto técnico.

Aceptamos fácilmente una decoración discreta. Un deseo reconocible nos pone más nerviosos. El cuerpo masculino, presentado para ser mirado y disfrutado, vuelve explícito algo que pareciera no existir: las atracciones, la imaginación y la sensibilidad de cada uno.

Porque existe el peligro de que durante el día miremos la agenda y estos hombres puedan gustarnos. Oh, no. Satanás, retrocede.

Pásenme ese cilicio, porque estoy encontrando sexy a un hombre cuando son las tres de la tarde de un martes.

Siento, además, que una imagen de mi musculoso, en una escena donde se está hablando de desarrollo profesional, es una especie de bandera que dejo puesta para que quede en evidencia que ciertamente habrá espacio para el juego. Yo sé que es una bandera entera de fleta, pero así soy yo. Están más que invitados a poner a sus tetonas, en todo caso.

Y el musculoso es, además, un artefacto de resistencia. En una época en que los pokemones, cansados de poncear, se pusieron a deconstruir la cultura, mis musculosos rayan en lo políticamente incorrecto, pero se salvan porque son musculosos generosos. No hay juicio, solo disfrute. Cuando saco mi agenda con mis musculosos con zunga, lo que estoy haciendo es ofrecerte un acto de hospitalidad.

Estoy compartiendo mi estética como una manera de recibirte con los brazos abiertos, porque tenemos mucho que aprender y recorrer. Y lo vamos a hacer de una manera particular. Porque yo no quiero hacer este viaje si no hay humor y si no hay deseo. Solo así puedo conocer a quien está remando conmigo.

Y lo que más me gusta es que el musculoso con zunga de la inteligencia artificial no elimina mi exigencia sobre el contenido.

Los ejercicios deben entenderse, las explicaciones deben sostenerse y las propuestas deben servir para algo concreto.

De hecho, siento que el musculoso me añade una responsabilidad: que el material esté a la altura de la atención que pido.

Y, en otro orden de cosas, me interesa que otro de mis aportes sea mostrar que un contenido cuidado puede convivir perfectamente con una imagen extravagante.

Quiero que el desarrollo profesional admita una vida más amplia que la identidad laboral.

Aprendemos para tener más posibilidades, más autonomía y más recursos con los que vivir.

Sería una pena que, durante el camino, nos exigieran reducirnos a la parte de nosotros que sabe responder correos.

Por eso mis musculosos con zunga acompañan gratuitamente el material didáctico.

Porque compartir algo útil también puede incluir compartir un gusto idiota.

Porque una propuesta educativa puede tener personalidad freak.

Porque el placer no necesita esperar a que hayamos terminado todos nuestros pendientes para aparecer.

El ejercicio requiere atención.

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