No me di cuenta de que algo estaba cambiando hasta que, un día, descubrí que la radio que estaba armando desde mi pieza, viviendo en la mitad de la nada y sin ver a nadie, ya tenía piernas. Que podía sostenerse, que había adquirido cierta autonomía y que todo ese esfuerzo cotidiano, que hasta entonces me había parecido una simple sucesión de días de trabajo, había comenzado a dar frutos.
Me levantaba a las seis de la mañana, me acostaba temprano y trabajaba prácticamente sin parar. Tomaba cantidades absurdas de café, fumaba demasiado y tenía los dientes cada vez más cafés. Cero ducha. Cero cambiarme de ropa. Cero pijama. Cero hacer ejercicio. No era precisamente una postal del bienestar, pero había algo que funcionaba. La radio estaba tomando forma y, sin darme cuenta, yo también estaba volviendo a ponerme de pie.
Porque lo más importante de esa época no fue lo que conseguí construir, sino el lugar del que conseguí salir.
Venía de un período horroroso. Estaba estancado, profundamente triste y convencido de que estaba solo. Amargado. Culpando a mis hermanas por no ayudarme. Pegado en mi cabeza con la idea de que mi madre no me consideraba. Una idiotez de la que salí porque, afortunadamente, me cayó del cielo un psicólogo que me hizo ver todo lo que mi madre hacía por mí. Fue como si se me destaparan los oídos.
«¿Cómo pude haber estado tanto tiempo pegado con algo que era falso?», me pregunté.
Lo mejor de todo es que mi madre luego conoció a la comunidad de auditores de mi proyecto, Otro Público, y no salió más del chat, lo que hizo que, por ambas partes y nuevamente gracias a la radio, las cosas mejoraran.
Es increíble cómo, antes de la radio, estaba mirando mi vida desde un lugar muy oscuro, pero en ese momento esas ideas me parecían absolutamente reales.
Lo curioso es que no recuerdo haber salido de ese estado, en el que literalmente una vez salí a caminar llorando mientras escuchaba «Libre soy», gracias a una gran revelación. No hubo una mañana en la que despertara comprendiendo el sentido de mi existencia. Tampoco elaboré una sofisticada estrategia de recuperación personal.
Simplemente empecé a hacer cosas.
Y después seguí haciéndolas.
Y al día siguiente, otra vez. Con la simple fe de que la acumulación iba a dar frutos. Como la paja que termina por romperle la espalda al camello, pero al revés.
Cuando miro hacia atrás, me sorprende todo lo que fui capaz de construir durante ese período. Armé mi oficina, compré computadores, hice coaching, invertí en equipos, me compré una impresora pro y fui levantando una estructura de trabajo que antes no existía.
Pasé de tener cero pesos y dos dientes menos a vivir uno de los años más felices de mi vida, sintiéndome seguro de mí mismo por primera vez en la vida.
Y todo gracias a levantarme y hacer las cosas. Poner el cuerpo frente al computador y al micrófono todos los días. Nada más.
Cada una de esas decisiones era una pequeña afirmación de futuro, aunque entonces no lo entendiera de esa manera. No pensaba mucho en el futuro, de hecho. Solo pensaba en el día en el que estaba trabajando.
Lo que hoy me resulta especialmente interesante es que no necesitaba estar permanentemente convencido de que todo iba a salir bien para seguir avanzando.
Tenía una especie de fe práctica. Una confianza bastante sencilla: si movía la raja, las cosas encontrarían la manera de funcionar. Y así fue.
Incluso invertía dinero en la radio con una audacia que hoy me sorprende. Compraba software y plugins caros, caros, porque siempre me ha gustado trabajar con buenas herramientas y mi comunidad se merece la mejor experiencia que se puede conseguir allá afuera.
No pasaba semanas cuestionándome si merecía comprarlos, si era una decisión demasiado arriesgada o si estaba cometiendo un error irreparable. Sabía que al día siguiente iba a levantarme, iba a trabajar y que, de alguna manera, terminaría pagando esas inversiones.
Jamás en la vida había trabajado en un lugar donde había de todo y de lo mejor. Si necesitaba algo, mis mecenas incluso aportaban dinero extra.
No era que tuviera garantías. Era que confiaba en mi capacidad de seguir haciendo lo que tenía que hacer. Sin complicarme más.
Y esa diferencia me parece fundamental.
Porque sospecho que algo empezó a cambiar cuando dejé de confiar en esa rutina y comencé a examinarlo todo.
Empecé a buscarles un significado más profundo a las cosas. A preguntarme si estaba haciendo lo correcto, si estaba avanzando en la dirección adecuada, si estaba siendo lo suficientemente responsable, si necesitaba tener mayor claridad sobre el futuro. Preguntas perfectamente razonables, por supuesto, pero que comenzaron a ocupar un espacio que antes estaba reservado para la acción.
No creo que reflexionar sea malo. Al contrario. Pero estoy empezando a sospechar que también existe una manera de pensar que termina convirtiéndose en una sofisticada forma de no hacer nada.
Uno puede pasar tanto tiempo intentando comprender su vida que termina dejando de vivirla.
Y quizás eso fue lo que me pasó.
En algún momento, después de haber conseguido tantas cosas, empecé a dormirme en los laureles. La disciplina que había sostenido mi recuperación comenzó a debilitarse. Dejé de hacer algunas de las cosas que antes hacía automáticamente y empecé a depender demasiado de cómo me sentía (y de cómo «me hacían sentir») para decidir qué hacer.
Después vino nuevamente la depresión.
No sé si perdí la disciplina porque estaba empezando a deprimirme o si el deterioro de mis rutinas contribuyó a que me sintiera peor. Probablemente hubo algo de ambas cosas. Pero lo que sí reconozco es que, cuando uno cae en estado Deep Dramallouta, puede comenzar a desarrollar una relación bastante particular con su propio sufrimiento. Uno a veces decide quedarse flojeando en el dolor durante un rato.
Ya no hago las cosas automáticamente, repitiendo lo que tengo que hacer. Ahora soy un príncipe tirado en la cama, llorando y revolcándome en la autoindulgencia. Empiezo a justificar demasiadas cosas porque me siento mal. Me concedo excepciones que después se transforman en costumbres. Y, casi sin advertirlo, el dolor empieza a ocupar el centro de mi vida.
No digo que la depresión se resuelva trabajando ni que uno pueda salir de ella simplemente imponiéndose horarios. Sería absurdo reducir algo tan complejo a una cuestión de voluntad.
Solo estoy escribiendo esto porque me acabo de dar cuenta de que salí de uno de los momentos más difíciles de mi vida simplemente porque tomé la decisión de, un día, levantarme, trabajar, dormir y repetir. Nada más.
Eso me trajo la felicidad más grande que he experimentado en la vida.
Durante mucho tiempo he estado intentando recuperar la motivación, encontrar un nuevo sentido, entender qué me pasó y averiguar cómo volver a convertirme en la persona que era cuando todo parecía funcionar.
Pero quizás he estado buscando la respuesta en el lugar equivocado.
Porque cuando conseguí levantar la radio, reconstruir mi vida y salir de aquel estado en el que me encontraba, no lo hice esperando a sentirme preparado. Tampoco necesitaba encontrar cada mañana una razón extraordinaria para trabajar.
Tenía una rutina.
Me levantaba a una hora determinada. Hacía lo que tenía que hacer. Terminaba el día, me acostaba y volvía a empezar.
Había días buenos y días malos, seguramente. Pero el funcionamiento de mi vida no dependía exclusivamente de esa diferencia.
La disciplina me permitía avanzar incluso cuando mis emociones no me acompañaban.
Y, sobre todo, me liberaba de tener que negociar conmigo mismo cada mañana. Y lo hacía sonriendo, porque me había propuesto, a propósito, transmitir tres horas desde las seis de la mañana.
Es el trabajo que más orgullo me ha dado.
Creo que ahí está mi nuevo desafío.
No necesito volver exactamente a la vida que tenía antes. De hecho, hay muchas cosas de aquella época que no quisiera repetir. No necesito fumar tanto, vivir a punta de café ni trabajar hasta quedar completamente agotado. Tampoco necesito convertir la productividad en una nueva manera de maltratarme.
Lo que necesito recuperar es algo mucho más sencillo: la capacidad de comprometerme con determinadas acciones y cumplirlas sin someterlas constantemente a una evaluación emocional.
Volver a confiar en la repetición.
Entender que no todos los días tienen que ser interesantes, inspiradores o especialmente significativos. Que hay jornadas cuyo único mérito consiste en haber hecho lo que correspondía hacer. Y que muchas veces los cambios más importantes de nuestra vida ocurren precisamente durante esos días que no tienen nada de extraordinario.
Porque eso fue lo que me sucedió con la radio.
Mientras yo estaba preocupado de levantarme temprano, preparar programas, trabajar y pagar los equipos que compraba, algo mucho más grande estaba ocurriendo sin que me diera cuenta.
Estaba reconstruyendo mi confianza.
Estaba recuperando mi autonomía.
Estaba dejando atrás una versión de mí mismo que había llegado a creer que ya no tenía demasiadas posibilidades.
Y todo eso ocurrió sin que necesitara explicármelo permanentemente.
Hoy, cuando miro hacia atrás, entiendo que no fue una transformación espectacular. Fue una acumulación de acciones pequeñas, repetidas con suficiente constancia como para terminar produciendo un resultado enorme.
Tal vez lo que más necesito recordar ahora es que no siempre hace falta comprender completamente cómo vamos a salir de un lugar para empezar a caminar hacia otro.
A veces basta con saber qué tenemos que hacer mañana.
Y hacerlo.
Después habrá otro día, y habrá que hacerlo nuevamente.
Quizás esa sea la lección más importante que me deja este ejercicio de responder el pie forzado «¿Qué desafío has tenido últimamente y cómo lograste salir de él?»: durante mucho tiempo pensé que primero tenía que volver a estar bien para recuperar mi disciplina. Ahora recuerdo que, en una etapa decisiva de mi vida, fue precisamente esa disciplina la que me ayudó a volver a estar bien.
No sé si esta vez ocurrirá exactamente lo mismo.
Pero sí sé que ya tengo una experiencia concreta que me demuestra lo que soy capaz de construir cuando dejo de interrogar tanto al futuro y comienzo a ocuparme del presente.
Y, por primera vez en bastante tiempo, siento que no necesito inventar una manera completamente nueva de salir adelante.
Quizás simplemente necesito volver a hacer algunas de las cosas que alguna vez me ayudaron a ponerme de pie.
