Esta semana decidí dejar de esperar a tener ganas de vivir de otra manera. Voy a empezar a hacerlo. Con tres huevos revueltos, películas elegidas de antemano, diez minutos de ejercicio y la firme intención de abandonar mi cuchitril felino de autoflagelo.
Después de darme cuenta de que una de las maneras más eficaces que he encontrado para salir de la depresión y acercarme a la felicidad auténtica es la disciplina, decidí que esta semana voy a ponerme a prueba.
Voy a volver a ser disciplinado.
Y lo bueno es que de disciplina yo sé.
Levantarme a las tres y media de la mañana para leer las noticias en la red, preparar un programa de radio o entrenar ha sido, durante buena parte de mi vida, pan comido. Cuando decidí tener mi propia radio y hacer un programa que comenzaba a las seis de la mañana, nunca me pareció particularmente extraordinario tener que levantarme cuando el resto de la humanidad seguía roncando.
El problema es que el príncipe a veces se pierde.
Y cuando se pierde, puede pasar meses viviendo en un cuchitril felino de autoflagelo, convencido de que necesita encontrar una respuesta extraordinaria para salir de ahí.
Pero la disciplina que a mí me salva es una muy especial.
Es la disciplina ciega.
No pensar demasiado en el futuro. No preguntarme todos los días si estoy avanzando hacia la mejor versión de mí mismo. No ponerme a evaluar a cada rato si la estrategia está funcionando.
Simplemente repetir, cada día, las cosas que decidí que tenía que hacer.
Confiar en que hacerlas tendrá consecuencias.
Nuestro Santo Padre Fatboy Slim, desde el cielo de la música electrónica, nos guiará hacia la prosperidad.
Y por eso esta primera semana no voy a intentar transformar mi existencia completa. Voy a concentrarme en algo mucho más modesto.
Armar la onda.
Crear las condiciones para que la disciplina vuelva a ser algo agradable. O, por lo menos, lo suficientemente atractivo como para no salir arrancando cada vez que tenga que cumplirla.
Y tengo un plan.
1. Comer tres huevos todas las mañanas
No se puede ser disciplinado con hambre.
O, mejor dicho, se puede, pero resulta bastante más difícil cuando uno lleva once horas funcionando a punta de café, nicotina y una vaga sensación de tragedia.
Una de las cosas que tengo en mi lista de tareas de la mañana es comer tres huevos.
Una lista que, por cierto, no hago hace meses.
Ahí está, esperando pacientemente mi regreso: levantarme, preparar el desayuno y comer tres huevos.
Podrían ser revueltos. Podrían ser a la copa, porque aprendí a prepararlos y me quedan estupendos.
Pero lo que sucede en la práctica es que me despierto y, como una lagartija que acaba de detectar movimiento en el desierto, parto directo al computador.
Y ahí me quedo.
A veces hasta las cinco de la tarde sin comer absolutamente nada.
Lo ridículo es que sé perfectamente lo bien que me siento cuando desayuno.
Tres huevos aportan aproximadamente 19 gramos de proteína de alta calidad, con los nueve aminoácidos esenciales que nuestro organismo necesita obtener de los alimentos.
Para un cuerpo de cincuentón, que necesita cuidar su masa muscular y mantener cierta dignidad fisiológica, no es poca cosa.
Además, la proteína contribuye a la saciedad. Es decir, no solamente estoy alimentándome, sino que probablemente voy a pasar buena parte de la mañana sin esa hambre que aparece de pronto y convierte cualquier decisión en una emergencia.
Y los beneficios no terminan ahí.
Los huevos contienen colina, un nutriente esencial para el funcionamiento del sistema nervioso y la producción de acetilcolina, un neurotransmisor relacionado con la memoria, la atención y el aprendizaje.
También aportan vitaminas, selenio y compuestos como la luteína y la zeaxantina, importantes para la salud de los ojos.
Es decir, desayunar tres huevos es una manera bastante sencilla de entregarle nutrientes a la cabeza y al resto del cuerpo.
Pero saber todo esto no ha servido de nada.
Porque mi problema no es la información.
Mi problema es que me carga tener que interrumpir lo que estoy haciendo para ir a la cocina.
Y aquí entra James Clear.
En Hábitos Atómicos, Clear explica que una de las maneras de construir un hábito consiste en hacerlo atractivo. Asociarlo con algo que nos produzca placer, de modo que la actividad deje de sentirse exclusivamente como una obligación.
Fantástico.
¿Pero cómo hago atractivo el desayuno cuando ando con una anhedonia que te la encargo?
Podría ver una serie mientras desayuno.
Pero no sé qué serie. Nada me llama particularmente la atención.
Mi escenario ideal sería estar viajando por Zoom con un príncipe que me tuviera como estúpido, pero lamentablemente ese capítulo todavía no aparece en la programación de mi destino.
Lo que sí tengo son mis musculosos de inteligencia artificial.
Y ahí encontré la solución.
Voy a prepararme un desayuno en bandeja, llevarlo a la oficina y permitirme pasar una hora trabajando en mis planners con musculosos.
Una actividad que me encanta.
Una actividad que hago constantemente.
Y, por alguna razón completamente absurda, una actividad que siempre hago con culpa.
Como si pasar una hora diseñando planners llenos de hombres musculosos fuera una irresponsabilidad, mientras que pasar tres horas revisando estadísticas de internet constituyera una contribución fundamental al desarrollo de Occidente.
La cuestión es que me gusta tanto que, si quieren que les diga la verdad, hasta me levantaría una hora más temprano para hacerlo.
Así que listo.
Los tres huevos ya tienen su recompensa.
No voy a desayunar porque debo desayunar.
Voy a desayunar porque después me toca jugar con mis musculosos.
Una estrategia de bienestar que difícilmente aparecerá en las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud, pero que a mí me parece perfectamente razonable.
2. Elegir a qué hora se termina mi jornada
La segunda meta de esta semana es decidir, todas las mañanas, a qué hora voy a dejar de trabajar.
Y efectivamente hacerlo.
Porque esa costumbre de quedarme en la oficina hasta las cinco de la mañana claramente no está funcionando.
Durante mucho tiempo pensé que trabajar hasta tarde era una demostración de compromiso. Que si todavía tenía energía, ideas o cosas pendientes, lo correcto era seguir.
Pero hoy los proyectos no tienen bordes.
Uno puede estar trabajando en algo y descubrir una herramienta nueva, una investigación fascinante, una posibilidad comercial o un detalle que necesita corregirse.
Tenemos básicamente la Biblioteca de Alejandría metida en el reloj.
Y cuando todo está disponible, todo el tiempo, resulta muy fácil convencerse de que siempre hay algo más que hacer.
No hay descanso para los malditos.
Por eso quiero empezar a decidir mi hora de salida al comenzar el día.
Y no al final, cuando ya estoy agotado y he perdido cualquier capacidad razonable de negociación conmigo mismo.
Ponerle una hora de término al trabajo cambia la manera en que uno trabaja.
Si sé que voy a terminar a una hora determinada, necesito preguntarme cuáles son las cosas verdaderamente importantes.
Tengo que priorizar.
Tengo que distinguir entre avanzar en un proyecto y pasar tres horas haciendo algo que parece productivo, pero que en realidad es una forma muy sofisticada de procrastinación.
Porque estar ocupado durante muchas horas no significa necesariamente estar avanzando.
A veces significa simplemente que uno no sabe terminar.
Además, definir una hora de salida es una manera de darme permiso para detenerme aunque todavía existan tareas pendientes.
Y eso es fundamental.
Porque una parte importante de mi reciente Dramallouteo consistió en descubrir que fuera del trabajo prácticamente no tengo vida.
¿Y cómo voy a tenerla?
Si nunca decido cuándo termina el trabajo, ¿en qué momento se supone que empieza mi tiempo libre?
No basta con desear una vida personal.
Hay que reservarle espacio.
3. Hacer un inventario de las cosas que me producen alegría
Esta semana también voy a hacerme un cuaderno.
Un cuaderno dedicado exclusivamente a registrar las cosas que me gustan y que me producen alegría.
Porque he descubierto que cuando uno lleva mucho tiempo concentrado en trabajar, preocuparse y resolver problemas, puede llegar a olvidar qué cosas le gustaban antes.
Y entonces, cuando finalmente aparece un momento libre, no sabe qué hacer con él.
Es una situación bastante deprimente.
Uno trabaja como condenado esperando tener tiempo para disfrutar de la vida y, cuando finalmente tiene una tarde disponible, termina mirando el teléfono porque no se le ocurre absolutamente nada.
Así que voy a preparar mi propio catálogo de entretenciones.
Por ejemplo, quiero leer ese libro sobre America’s Next Top Model. También quiero aprender a hacer friendship bracelets.
En los chinos venden unos cuadros que se van completando con pequeños diamantes de colores. Siempre he querido probar uno.
Tengo además toda mi onda de DJ, que podría retomar sin convertirla inmediatamente en un emprendimiento, un proyecto de contenido o una nueva obligación con objetivos trimestrales.
Y quiero ver películas.
Pero verlas bien.
Con la televisión conectada al equipo de música.
Como vivo en la mitad de la nada, puedo poner Jurassic Park con el volumen hecho mierda sin que aparezca una junta de vecinos a solicitar mi expulsión de la comunidad.
Miren todas las cosas que tengo disponibles.
Y yo convencido de que no hay nada entretenido que hacer.
Quizás el problema no sea que mi vida carece de posibilidades.
Quizás necesito empezar a prestarles atención.
4. Ver una película todos los días, pero elegirla antes
Este hábito me entusiasma particularmente.
Quiero ver una película todos los días.
Pero hay una condición.
La película tiene que estar elegida de antemano.
No voy a entrar a Netflix, Prime Video o cualquier otra plataforma a recorrer un catálogo infinito de posibilidades mientras espero que un algoritmo decida qué quiero hacer con mi noche.
Esto tiene mucho que ver con lo que aprendimos esta semana revisando The Sirens’ Call, de Chris Hayes.
Nuestra atención se ha convertido en uno de los recursos más disputados del mundo.
Y buena parte de la tecnología que utilizamos está diseñada precisamente para capturarla y mantenerla ocupada.
Como un imbécil, uno termina entregándole sus decisiones a sistemas que constantemente ofrecen algo nuevo.
Una nueva recomendación.
Otro video.
Una serie que supuestamente debería encantarnos.
Un destilado de cosas que la inteligencia artificial cree que nos gustan, pero que, en la práctica, nunca terminan gustándonos tanto.
Y ahí aparece una diferencia que me parece fundamental.
No es lo mismo decidir que quiero ver una película porque me interesa su historia, su director, sus actores o simplemente porque tengo ganas de pasar dos horas en ese universo, que sentarme frente a una pantalla y esperar que alguien me ofrezca algo suficientemente atractivo.
En el primer caso estoy tomando una decisión.
En el segundo estoy reaccionando a estímulos.
Elegir una película de antemano es decidir conscientemente a qué voy a entregarle mi atención.
Y nuestra atención no es simplemente algo que acompaña nuestra vida.
En buena medida, es lo que la construye.
Las cosas a las que prestamos atención terminan ocupando espacio en nuestra memoria, en nuestros pensamientos y en nuestra manera de entender el mundo.
Por eso me parece importante recuperar el derecho a elegir.
Y esta semana ya tengo mi programación:
- Practical Magic.
- The Gentlemen.
- El diablo viste a la moda 2.
- Los buenos muchachos.
- The Rocky Horror Picture Show.
- Superbad.
- Harry Potter.
Esta última es particularmente importante.
Nunca he visto Harry Potter.
Jamás.
Y mi sobrina está en llamas con el asunto.
Así que llegó el momento de ponerme al día con una de las franquicias más importantes de la cultura popular y adquirir, por fin, un mínimo de alfabetización sobre Hogwarts.
Pero lo importante no es cuáles son las películas.
Lo importante es que ya están elegidas.
Porque, de lo contrario, sé perfectamente lo que va a suceder.
Voy a entrar a mi pieza, prender la televisión y empezar a recorrer las plataformas.
Y con cada nueva recomendación aparecerá esa sensación de que quizás existe algo mejor esperando un poco más abajo.
Otra oportunidad de cambiar de opinión.
Otra alternativa que podría ser más entretenida.
Hasta que la posibilidad de encontrar algo mejor termine impidiéndome disfrutar cualquier cosa.
Y eso es agotador.
Además, hay algo que me parece importante recordar: nada funciona demasiado bien si uno no está dispuesto a comprometerse con una experiencia.
Incluso algo tan sencillo como ver una película requiere aceptar que durante las próximas dos horas vamos a permanecer dentro de esa historia.
Sin revisar constantemente qué otra cosa podríamos estar haciendo.
Así aprendimos a disfrutar del buen cine.
Viendo películas completas.
No recorriendo sus posibilidades.
5. Leer media hora todos los días
El siguiente hábito es leer durante treinta minutos.
Pero leer algo que no tenga absolutamente nada que ver con el trabajo.
Porque libros leo constantemente.
El problema es que casi siempre los estoy leyendo para preparar un programa, desarrollar una idea, investigar un tema o producir algún contenido.
Y quiero recuperar la lectura como una actividad que no tenga que justificar su existencia mediante un resultado.
Quiero leer por el placer de leer.
Además, hay algo maravilloso en ese ejercicio de mantener la atención sobre una página.
Seguir las líneas.
Concentrarse en las palabras.
Y realizar aquella brujería extraordinaria que consiste en transformar una serie de letras impresas sobre papel en un mundo completo dentro de la cabeza.
Personajes que no existen comienzan a tener voces.
Lugares que nunca hemos visitado adquieren colores, temperaturas y olores.
Y durante un rato podemos dejar de estar permanentemente pendientes de nosotros mismos.
Leer también me ayuda a bajar las revoluciones.
Dependiendo del libro, puede conseguir que el día comience con la cabeza en un lugar completamente distinto.
Y eso es exactamente lo que necesito.
No leo ficción hace aproximadamente diez años.
Diez años.
Así que no voy a partir exigiéndome una novela extraordinariamente compleja que requiera llevar un árbol genealógico de los personajes.
Necesito algo suave.
Podría empezar con una historia de las revistas de musculosos.
Algo con musculosos va a tener que ser.
O quizás unas memorias de alguna celebridad.
Uno de esos libros escritos por las Real Housewives.
Algo que me produzca curiosidad, que tenga historias entretenidas y que no me haga sentir que estoy rindiendo un examen de literatura comparada.
Después puedo llegar a Balzac.
Pero primero necesito volver a experimentar el placer de sentarme a leer.
Sin subrayar para un episodio.
Sin preparar una reseña.
Sin pensar qué contenido puedo extraer de lo que estoy leyendo.
Media hora.
Un libro.
Y nada más.
6. Subirme diez minutos a la Air Bike
Aquí vamos a aplicar Hábitos Atómicos de manera casi religiosa.
Mi objetivo de ejercicio para esta semana es subirme a la Air Bike durante diez minutos.
Diez.
No treinta.
No una hora.
No voy a transformar mi regreso al deporte en un entrenamiento militar destinado a demostrar que todavía soy capaz de competir con un infante de marina.
Voy a bajar al gimnasio.
Voy a sentarme en la bicicleta.
Y voy a pedalear diez minutos, a un ritmo que pueda tolerar cómodamente.
Ese es el objetivo.
De hecho, durante los primeros días voy a considerar un avance incluso el simple hecho de bajar y sentarme en ella.
Porque lo que necesito reconstruir no es solamente mi capacidad física.
Es la familiaridad con el ejercicio.
Durante mucho tiempo, bajar al gimnasio ha sido una actividad que existe en mi cabeza como algo que debería hacer.
Una obligación.
Una deuda pendiente.
Una prueba de que estoy descuidándome.
Y mientras más tiempo pasa, más grande se vuelve la resistencia.
Por eso quiero reducir el esfuerzo inicial hasta convertirlo en algo casi ridículo.
Diez minutos.
Si solamente tengo que hacer eso, me resulta mucho más fácil imaginarme repitiéndolo al día siguiente.
Y después de una semana, aunque todavía no haya desarrollado una gran condición física, habré conseguido algo importante.
Habré empezado a recuperar la costumbre.
Bajar al gimnasio será un poco más familiar.
Sentarme en la bicicleta provocará menos rechazo.
Y cuando la actividad deje de sentirse como una expedición a territorio enemigo, recién ahí podré pensar en aumentar gradualmente el tiempo.
No necesito demostrar nada esta semana.
Necesito volver a empezar.
7. Preparar mis streamings nocturnos de YouTube
Y todavía queda una cosa más.
Voy a realizar todos los días una marcha blanca de los streamings nocturnos que quiero comenzar a hacer en YouTube.
Porque quiero hacer streamings lo-fi.
Pero no quiero empezar a transmitir a tontas y a locas, como los tontos.
Quiero hacer una marcha blanca como la gente.
Probar los equipos.
Revisar el sonido.
Experimentar con la iluminación.
Definir cómo quiero que se vea la transmisión.
Descubrir qué funciona y qué cosas necesitan ajustes.
Y, sobre todo, familiarizarme con la experiencia antes de convertirla en una nueva obligación pública.
También hay algo simbólico en este proyecto.
Quiero que estos streamings representen una nueva etapa.
Y eso implica, finalmente, ir al dentista para sacarme las manchas cafés de los dientes.
El otro día me grabé, me miré y dije:
Nope.
Así que voy a convertir esa visita al dentista en una especie de ritual de cambio de etapa.
Una manera de decirme que estoy entrando a un momento distinto.
Nueva programación.
Nuevas rutinas.
Nueva vida.
Sonrisa nueva, huevón.
Porque a veces los cambios importantes necesitan una señal externa.
Algo que podamos mirar y decir: aquí empezó otra cosa.
La disciplina no puede consistir solamente en trabajar
Cuando miro todas estas metas juntas, hay algo que me llama la atención.
Casi ninguna tiene que ver directamente con el trabajo.
Comer desayuno.
Terminar la jornada a una hora razonable.
Ver películas.
Leer por placer.
Hacer ejercicio.
Recuperar actividades que me entretienen.
Incluso los streamings, aunque forman parte de mis proyectos creativos, quiero prepararlos desde un lugar más lúdico, sin esa urgencia permanente de tener que convertir cada idea en una operación comercial perfectamente optimizada.
Y esto es importante porque durante mucho tiempo he confundido la disciplina con la capacidad de trabajar mucho.
Levantarme temprano.
Cumplir.
Producir.
Hacerme cargo.
Resolver problemas.
Pero una persona puede ser extraordinariamente disciplinada para trabajar y absolutamente desordenada para vivir.
Puede cumplir religiosamente con sus responsabilidades profesionales mientras posterga comer, descansar, moverse, entretenerse o simplemente pasar un rato haciendo algo que le gusta.
Y tarde o temprano esa estrategia empieza a cobrar intereses.
No quiero usar la disciplina exclusivamente para producir más. Quiero usarla para construir una vida que también tenga cosas que disfrutar.
Porque, además, todas estas actividades que parecen ajenas al trabajo terminan sosteniéndolo.
Comer adecuadamente me permite funcionar mejor.
Dormir y respetar una hora de salida me ayuda a recuperar energía.
Hacer ejercicio contribuye a mi bienestar.
Leer y ver películas alimenta mi curiosidad.
Y tener actividades que me producen alegría hace que el trabajo deje de ser el único lugar donde intento encontrar satisfacción.
En el fondo, lo que estoy tratando de hacer es bastante sencillo.
Quiero dejar de organizar toda mi existencia alrededor de lo que tengo que producir.
Y empezar a organizarla también alrededor de lo que necesito para estar bien.
Siete días. Seis oportunidades para cumplir.
Hay una última decisión que tomé y que me parece fundamental.
Esta semana no voy a exigirme perfección.
Son solamente siete días.
Y me voy a permitir un día de gracia para cada hábito.
Si como mis tres huevos seis mañanas, será un éxito.
Si respeto mi hora de salida seis días, será un éxito.
Si veo seis películas, leo seis veces y me subo seis veces a la bicicleta, será un éxito.
Porque no estoy tratando de demostrar que soy una persona incapaz de fallar.
Estoy tratando de convertirme nuevamente en alguien que hace las cosas que decidió hacer.
Y esa diferencia importa.
La perfección transforma cualquier interrupción en un fracaso.
La constancia permite que un mal día sea simplemente eso: un mal día.
No necesita convertirse en una crisis de identidad.
No necesita una reunión extraordinaria con el comité ejecutivo de mi autoestima.
No necesita que me pase tres horas reflexionando sobre las razones por las que soy incapaz de mantener una rutina.
Al día siguiente simplemente vuelvo a hacer lo que corresponde.
Disciplina ciega.
Sin grandes promesas.
Sin imaginar que dentro de siete días voy a convertirme en una criatura iluminada que se despierta cantando canciones de Julie Andrews.
Sin convertir cada hábito en una declaración solemne sobre mi destino.
Solamente repetir las cosas que decidí hacer.
Y confiar en que, con el tiempo, esas pequeñas acciones pueden ayudarme a construir una vida distinta.
Porque quizás la felicidad no siempre comienza con una revelación extraordinaria.
Quizás a veces comienza con algo mucho menos espectacular.
Preparar tres huevos.
Sentarse a desayunar.
Pasar una hora haciendo algo que a uno le encanta.
Apagar el computador cuando corresponde.
Y descubrir, al final del día, que todavía queda vida después del trabajo.
Que Fatboy Slim nos acompañe.
