Hay personas que saben perfectamente qué tenedor utilizar para comer pescado, pero no tienen idea de cómo comportarse cuando entran a una habitación donde seis desconocidos están teniendo sexo. La civilización ha dedicado siglos a enseñarnos a no apoyar los codos sobre la mesa, pero bastante menos tiempo a explicarnos cómo pedir permiso para participar en una orgía.
Es una omisión bastante grave. Porque uno podría imaginar que una fiesta sexual es un lugar donde finalmente desaparecen las reglas, las convenciones sociales y esa insoportable obligación de comportarse correctamente. Pero ocurre exactamente lo contrario.
Mientras más extraordinaria es una situación, más importante resulta saber leerla.
La investigadora Katherine Frank exploró precisamente este universo en su libro Plays Well in Groups: A Journey Through the World of Group Sex. Su trabajo combina investigación histórica, observación y experiencias en distintos espacios de sexo grupal. Una de las ideas más interesantes que emerge de su recorrido es que estos encuentros no existen fuera de la sociedad: crean sus propias formas de interacción, sus códigos y sus expectativas.
Es decir, puedes quitarte los pantalones, pero no puedes quitarte la responsabilidad de ser una persona agradable.
Una orgía no es un buffet libre
Partamos por un malentendido fundamental: entrar a una fiesta sexual no significa que todas las personas presentes estén disponibles para acostarse contigo.
La entrada permite acceder al evento. No incluye derechos sobre los asistentes.
Esto puede resultar decepcionante para alguien que llegó imaginando una especie de supermercado del placer donde basta con estirar la mano. Pero las fiestas sexuales son encuentros entre personas, no exhibiciones de productos.
Alguien puede querer mirar. Otra persona puede estar interesada exclusivamente en su pareja. Un tercero quizás llegó con ganas de explorar, pero todavía no sabe con quién. Y puede haber alguien que, después de veinte minutos, descubra que preferiría estar en su casa viendo Netflix.
Todo eso forma parte de la fiesta.
El primer principio de los buenos modales sexuales consiste en entender que la desnudez no es una invitación universal.
El arte de acercarse sin parecer un vendedor de seguros
Supongamos que alguien te parece extraordinariamente atractivo. ¿Qué haces?
La respuesta no es lanzarte sobre esa persona con el entusiasmo de un golden retriever que acaba de descubrir una piscina.
En una fiesta convencional tampoco sería especialmente elegante interrumpir una conversación, agarrar a un desconocido por la cintura y anunciar que quieres pasar el resto de la noche con él. La presencia de colchones no modifica demasiado ese principio.
La seducción necesita cierta inteligencia social.
Una mirada, una sonrisa o una conversación pueden abrir posibilidades. Una pregunta sencilla puede resultar mucho más atractiva que una demostración excesiva de confianza.
Y aquí aparece algo que vale la pena defender: la gracia de hacer una propuesta indecente.
Existe un placer especial en sugerir algo inesperado y descubrir que la otra persona también empieza a imaginarlo. La seducción no tiene por qué ser solemne. Puede ser divertida, descarada, ingeniosa y hasta un poco absurda.
Pero hay una diferencia entre despertar curiosidad y comportarse como un ejecutivo intentando cerrar una venta antes de fin de mes.
Una invitación interesante deja espacio para que la otra persona quiera aceptarla.
No interrumpas una escena ajena
Una de las situaciones más delicadas del sexo grupal es encontrarse con personas que ya están compartiendo un momento íntimo.
La tentación de pensar que uno podría mejorar considerablemente la situación con su presencia debe ser examinada con cierto escepticismo.
No toda escena necesita un participante adicional. No todo contacto visual significa que te estén llamando. Y no porque una actividad ocurra en un espacio compartido se convierte automáticamente en una actividad abierta.
En algunos encuentros existen señales o reglas específicas para indicar cuándo alguien puede acercarse. En otros, las personas prefieren hablar directamente.
Por eso conviene conocer las normas del lugar antes de improvisar.
Si no sabes si puedes participar, pregunta. Si no encuentras una manera apropiada de preguntar sin interrumpir, espera.
La capacidad de reconocer que el mundo puede seguir funcionando perfectamente sin tu intervención es una virtud bastante subestimada.
Cómo recibir un rechazo sin arruinar la noche
Hay una escena social que todos conocemos: alguien invita a otra persona a bailar, recibe una negativa y reacciona como si acabaran de cancelar su existencia.
Ahora imagina lo mismo en una orgía.
El problema no es recibir un no. El problema es transformar ese no en un espectáculo.
Quizás no existe atracción. Quizás la otra persona está interesada en alguien más. Quizás tiene límites que no desea explicar. Quizás simplemente no quiere.
No necesitas una auditoría de las razones.
La respuesta elegante es bastante simple: aceptar, sonreír y seguir disfrutando de la fiesta.
No hace falta exigir explicaciones, negociar excepciones ni comenzar una campaña destinada a demostrar que se está cometiendo una injusticia histórica.
El rechazo sexual no es necesariamente una evaluación de tu atractivo, tu personalidad o tu valor como ser humano.
A veces significa únicamente que alguien no quiere acostarse contigo.
Y sobrevivir a esa información sin convertirte en el problema de todos es una señal de madurez.
El invitado demasiado entusiasta
Toda fiesta tiene un personaje que confunde la libertad con la obligación de llamar la atención.
En una cena habla demasiado fuerte. En un matrimonio insiste en bailar sobre las mesas. En una orgía puede convertirse en alguien que necesita demostrar permanentemente lo extraordinariamente desinhibido que es.
Hay una diferencia entre disfrutar de una experiencia y convertirla en una presentación sobre tu propia audacia.
No necesitas anunciar cada fantasía. No necesitas comparar a las personas. No necesitas explicar cuánto sabes de sexo, ni relatar tus aventuras anteriores como si estuvieras postulando a un cargo ejecutivo.
Mucho menos corresponde divulgar después quién estuvo, qué hizo o con quién se relacionó.
La discreción es parte de la elegancia. También lo son la higiene, el respeto por los acuerdos del encuentro y la atención a las medidas de protección sexual.
La espontaneidad es maravillosa. Pero suele funcionar mejor cuando alguien se preocupó previamente de las condiciones necesarias para disfrutarla.
¿Y si nadie quiere acostarse contigo?
Esta es probablemente la pregunta que menos aparece en las fantasías sobre sexo grupal.
La imaginación suele presentar estas fiestas como acontecimientos donde cada persona recibe una cantidad extraordinaria de atención. La realidad, naturalmente, incluye preferencias, afinidades, nervios, conversaciones incómodas y gente que no encuentra lo que esperaba.
Puede ocurrir que asistas a una orgía y no tengas sexo.
No es una contradicción. Tampoco constituye un fracaso administrativo.
Una fiesta sexual sigue siendo una fiesta. Puedes conversar, observar cuando esté permitido, conocer personas y descubrir si ese ambiente realmente te interesa.
La investigadora Katherine Frank muestra que las experiencias de sexo grupal están atravesadas por dinámicas sociales, identidades y expectativas muy diversas. No existe una única manera de vivirlas.
Si tu autoestima depende de que alguien quiera acostarse contigo antes de medianoche, probablemente la noche será más complicada de lo necesario.
El invitado más atractivo no siempre es quien consigue más atención. A veces es quien parece estar perfectamente cómodo sin exigirla.
La higiene también es una forma de cortesía
Los manuales clásicos de etiqueta dedican una cantidad impresionante de páginas a cuestiones como el uso de servilletas, la limpieza personal y la presentación adecuada.
En este contexto, varias de esas preocupaciones siguen teniendo sentido.
Llegar limpio, respetar los espacios compartidos, seguir las indicaciones sobre protección sexual y preguntar por los límites de cada persona son formas bastante concretas de consideración.
También conviene recordar que el alcohol y otras sustancias pueden complicar la capacidad de decidir y comunicarse con claridad. Una fiesta que depende de que sus participantes no sepan bien qué están aceptando tiene un problema bastante mayor que la decoración.
Y si algo no te acomoda, puedes cambiar de opinión.
No necesitas justificarlo mediante un discurso, ni terminar algo únicamente porque antes te parecía una buena idea.
La buena educación incluye respetar los límites ajenos y reconocer los propios.
Cómo retirarse con dignidad
Hay personas que saben entrar a una fiesta, pero jamás aprendieron a salir.
Se quedan cuando están agotadas. Insisten cuando la situación terminó. Buscan desesperadamente una última oportunidad. O convierten la despedida en una ceremonia de cuarenta minutos.
Una orgía no necesita convertirse en una prueba de resistencia.
Si lo pasaste bien, estupendo. Si descubriste que no era para ti, también. Si conociste a alguien interesante, quizás vuelvan a encontrarse. Si no ocurrió absolutamente nada, todavía puedes llegar a casa, prepararte algo rico y dormir.
Lo importante es no sentir que debes fabricar una experiencia extraordinaria para justificar tu asistencia.
La sofisticación consiste, entre otras cosas, en reconocer cuándo una noche ya entregó todo lo que tenía para ofrecer.
Los buenos modales sobreviven a la ropa
Quizás lo más interesante de las orgías es que ponen a prueba una idea bastante popular: que la libertad consiste en vivir sin reglas.
Pero incluso los espacios creados para explorar deseos poco convencionales necesitan acuerdos, señales y formas de convivencia.
La diferencia es que muchas de esas reglas pueden ser discutidas, elegidas y adaptadas por quienes participan.
Y eso tiene algo profundamente atractivo.
Porque una fiesta sexual bien organizada no elimina la cortesía. La obliga a ponerse creativa.
Al final, el secreto para comportarse en una orgía no es tan distinto del secreto para comportarse en cualquier reunión social: prestar atención, no asumir que todo gira alrededor de uno y procurar que las personas se sientan cómodas en tu compañía.
Solo que, en esta ocasión, es posible que tengas que recordar todas esas reglas completamente desnudo.
Para seguir explorando
- Planned Parenthood: consentimiento sexual. Una explicación práctica de cómo comunicar deseos, acuerdos y límites.
- CDC: infecciones de transmisión sexual. Información sanitaria para tomar decisiones sobre prevención y protección.
- Scarleteen: educación sexual y relaciones. Recursos sobre comunicación, intimidad y decisiones sexuales.
- BISH: sexo y relaciones. Material educativo sobre deseos, límites y convivencia íntima.
- Rowman & Littlefield: editorial de Plays Well in Groups. Sitio de la editorial que publicó la investigación de Katherine Frank.
